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Todos somos el monstruo.

Hace ya algunos años que los monstruos han cambiado sus trajes. Ya no usan mascaras como Jack ni asesinan desde el otro plano como en El exorcista. Tampoco vienen de otro planeta como en La guerra de los mundos y ni siquiera son alteraciones del statu quo como cualquier zombie digno. O sí, porque la nueva monstruosidad, somos nosotros mismos. Por eso no descartemos aún el apocalipsis zombie.

Los nuevos monstruos son nuestros propios cuerpos, o peor, la multiplicación de las fragilidades de nuestros cuerpos actuando contra nosotros mismos, como lo es este nuevo cuco que llamamos La pandemia: quizás la película más aterradora que nos ha tocado vivir recientemente (digo recientemente porque las dictaduras y los genocidios son, claro está, la gran matanza del hombre por el hombre pero, además, en este caso el cuerpo del hombre mata al hombre siendo ya no el medio sino la amenaza en sí).

Las últimas pandemias nos han asustado por demás porque el miedo a la muerte se conjugó con el miedo a perder la libertad en plena convivencia doméstica con el monstruo. Es decir, fuimos encerrados y perdimos toda nuestra cotidianidad para servirle el desayuno a nuestros demonios.

Sabernos finitos no es algo nuevo, pero las alteraciones virológicas que amenazan con destruirnos sí lo son. O mas bien, lo son en tanto una después de la otra (y en su duración obstinada porque esta vez desde marzo de 2020 convivimos con nuestros cuerpos frágiles temiendo atentar contra nosotros mismos).

El nuevo monstruo usa barbijo, alcohol en gel y mira series a la espera de convertirse en aquel que nos complique en el mejor de los casos y nos acabe en el peor. ¿Qué ficción o cine de terror harán los cineastas después de esto? (es larga la bibliografía sobre las expresiones del arte posteriores a las mas grandes calamidades del planeta, no profundizaremos aquí).

Con el Covid-19 no podemos idear tours a los lugares donde sucedieron los crímenes más atroces como tampoco pudimos con los bichos anteriores (como la gripe A, mucho menos obstinada por cierto). Porque esos lugares hoy son el trabajo, la escuela, la casa, nuestro organismo. Entonces dirán los analistas que debiéramos extirpar al asesino de nosotros mismos. ¿Pero cómo? Que el cuerpo es objeto de los dispositivos del saber científico ya lo sabemos desde la biopolítica, pero en la cotidianidad de nuestras vidas constatar lo enfermo de nuestro presente es más duro que leerlo, no hay distanciamiento intelectual posible. Y todavía restará pasar un tiempo antes que podamos alejarnos lo suficiente de nosotros mismos para contemplarnos y putearnos y luego reconciliarnos.

Porque era fácil putearlo al payaso de IT o al coso ese de Jeepers Creepers, pero es mucho mas incierto y escurridizo cuando ese futuro difuso como es la muerte se incorpora a los quehaceres de la casa y nos recuerda que acá manda ella y no nosotros. Y encima se come nuestra comida, duerme en nuestras camas y nos obliga a hacer gimnasia durante meses.

Es más, en las películas de terror en algún momento se devela la causa del terror: un lampiño que bajo de un OVNI, el diablo, hormigas gigantes o la niebla. Pero al día de hoy, los mejores científicos batallan contra el monstruo. Encima de todas nuestras preocupaciones actuales está el no poder explicar la causa de la muerte y tener que estar lavando maníacos la fruta en un intento de conjurar esta debilidad que a diario combatíamos con botox, medicamentos y fe. Bueno, de dios mejor ni hablemos.

Queda por verse si al monstruo lo domamos, le huimos o lo matamos. Pero lo que sí es seguro que esta aquí y que no sirven ni las balas de plata ni los curas ni las bombas. 

Hashtag todos somos el monstruo.

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