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Pasteurización (ó los infortunios de la gloria).


¿Qué le pasó a la auto percibida elite intelectual que surgió al calor del gobierno de Néstor para terminar en este desbande amnésico? ¿Qué pasó en estos años para que pueblo y conducción vayan separándose cada vez más para terminar en el triunfo de Javier Milei en las elecciones? Hay una palabra que sirve para comenzar a decir, que es pasteurización.

El progresismo de hace unos años a esta parte ha sido pasteurizado. Prolongado su existencia al calor de su desembarco en la estructura del Estado resultando de ello su total desconexión respecto de los intereses populares.

Todos estos años ha interpelado al pueblo como si de un objeto de laboratorio se tratara. Ha diseñado sus políticas para ser aplicadas en completo ascetismo y con determinados efectos esperados, ha tenido su definición de pueblo también en la cual el andamiaje ideológico afrancesado pintó un fresco poblado de efigies provenientes del universo académico. Ideas sobre democracia, definiciones de lo institucional o sentencias sobre lo social. Todo un corpus en el que se fue delineando un sistema ideal donde encajar al pueblo y operar sobre él.

Y, mientras tanto, la ebullición de esa viscosidad se fue cociendo a fuego lento. Rebalsando las definiciones y la forma de interpelar lo popular, aquello inasible para ese gobierno fue tomando una realidad otra. Es lo que sucedía cuando el kirchnerismo no lograba entender por qué “la gente” no agradecía las vacunas dadas, motivo por el cual recuerdo un artículo de Jorge Aleman en Página 12 echando culpas a aquello otro que se negaba a ser definido cuando en las elecciones legislativas el gobierno perdió contra Juntos por el Cambio.

La elite gobernante se negaba a ver lo que sucedía. ¿Cómo podía el pueblo ser otra cosa que aquello aprendido al calor de Bourdieu, Lacan, Zizek, Freud o Keynes? La celebración y el gozo de su estadía en la estructura del Estado los cegaba para entender aquellos días donde, en una actitud del todo vigilante, acudía a perseguir a los que abrían sus comercios para alimentar a sus familias. ¿En qué momento se produce una desconexión así?

Digo que la interpretación progresista romantiza la pobreza porque comparte con el liberalismo la idea que los pobres deben agradecer la mano dada. En lugar de proveer tierra, techo, trabajo y dar así la chance del ascenso social bajo el paraguas de un destino nacional, un ejecutivo que se limita a encarar la situación económica de forma asistencialista no sólo confunde la idea de estado de bienestar donde el trabajador procura su propio bienestar producto de la dignidad del pacto contractual capital-trabajo, sino que perpetúa una situación precaria cavando un surco en la estructura de nuestra sociedad. La continuidad de esa política de asistencia tenía como contraparte la obligación por parte de los asistidos, de agradecer por medio del voto.

Pero el pueblo se y fue desbordado. Contrario a lo que imaginaron, una parte de la sociedad fue a buscar a ese otro random, extremo y desordenado que mejor interpretó sus preocupaciones actuales y su insistencia en poseer sueños. Cansado de ser subestimado, el trabajador que no se alineó con ese porcentaje mínimo de privilegiados anquilosados, fue en busca de su propio destino. De forma desordenada como es lo popular, de forma irracional como puede ser un pueblo fragmentado, sí, pero a resultas de votar en contra de esa auto proclamada elite liberadora. La épica de la resistencia sucumbió a la realidad porque la única verdad…

Nacido al calor de la confluencia de centro izquierdas, estatismo radical, stalinismo discursivo y porteñismo unitario bajo el techo de la simbología peronista fue elaborando un discurso que de a poco resultó alienante y que hoy los encuentra haciendo mea culpa en algunos casos cuando no lanzando acusaciones paranoicas y esquizofrénicas a troche y moche. Porque es muy difícil bajarse de un standard de vida.

Se notó en estas elecciones que el progresismo no tiene mucha más moral que la enseñada en el republicanismo europeo. Sistemáticamente eligió acompañar candidatos que otrora, en raptos de intolerancia intelectual, expulsara. Porque más que un sistema de comunión se constituyó en una instancia de expulsión y que, a su vez, comparte con las ideas liberales de mérito delineando una otredad: “Si sos como nosotros, sos uno de los nuestros. Si no sos como nosotros, sos el enemigo”. Así y de a poco fue expulsando a aquellos peronistas que consideraba de derecha fortaleciendo las opciones de centro izquierda y combatiendo a todo aquel y aquello que no cerraba filas con lo que, pour la galerie, predicaba. Porque no nos engañemos y hay que decirlo de una vez por todas: el progresismo kirchnerista es socialmente de izquierda y económicamente liberal.

El problema es que ese trasfondo liberal fue cerrándole las puertas a los barrios porque en su afán de perpetuarse en la administración de la billetera, el trabajador fue viendo como ambas realidades se alejaban ostensiblemente. Hasta desconocerse.

Y llegó un día donde todo cambió. Y hoy una vez más, los hay arrepentidos y los hay abroquelados. Pero las consecuencias están dadas y el pueblo tendrá que poner el pecho a cuatro años de liberalismo acérrimo esta vez. Gracias a la pésima gestión de un gobierno inmovilizado por los egoísmos internos y la falta de sensibilidad para entender la realidad. 

Los trabajadores han visto como, en defensa de una institucionalidad vacía, las fuerzas que otrora han puesto a sus intereses en la mesa de negociación faltaron a su predica. Y en las urnas votaron a la derecha liberal cansados de la derecha progre.

El progresismo se ablandó, se adecuó, aprovechó la siesta estatal de estos últimos años mientras el ciudadano tenía que escabullirse para ir a trabajar un montón de horas, mal pago y no ser afanado en el camino. Tibios de toda tibieza no pudieron encarar la solución a la seguridad porque en los manuales del buen socialdemócrata, la facultad coercitiva del estado es un pecado. De una u otra manera, en estos últimos tiempos, se auto percibió único intérprete posible del pueblo trabajador mientras los elefantes pasaban por detrás. Trató de imponer su propia interpretación del mundo de los trabajadores y sus demandas. Y el pueblo respondió a esta errónea interpelación, en consonancia.

De la misma manera intentaron sostener un gobierno dadivoso mientras en las cuevitas del microcentro se hacían una fiesta (sí, como la fiesta de los noventas).

Y también en el aspecto cultural, optaron por promover una versión devaluada de lo popular. Una celebración del estigma en la cual ese pueblo carente de lo elevado debía ser promovido en su sencillez. Mientras tanto la clase media y media alta kirchnerista, disfrutaba de las delicias de una cultura de jardín y de los beneficios de clase que ello conlleva.

En este proceso, la pasteurización de aquella juventud que recuperaba derechos en el gobierno de Néstor posterior a la debacle de 2001 devino parodia de sí misma. Absurdo. La fiesta de Olivos en plena pandemia parece ser la definición de lo que le ha sucedido a esa conducción que nunca condujo nada.

Claro está que no todo es lo mismo. Que aún dentro de estos sectores hay valientes valiosos o que muchos los votaron para que ocupen el gobierno con total fe y honestidad. Por eso es más irritante el desenlace y por eso enoja tanto su ceguera. Milei no tuvo que hacer gran mérito para desatar acaso los peores años que nos tocarán vivir.

Debieran reconocer hoy su pequeñez y dejarse conducir por un pueblo que los ha rebalsado para recuperar, desde abajo como siempre, lo que le es suyo.



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